domingo, 25 de agosto de 2013

TE VOY A EXTRAÑAR TODA LA VIDA


Nací casi arriba de un caballo, de chica, todo mi entorno giraba alrededor de este animal que tanto me llamaba la atención. Mis papás, abuelos, tíos, primos, amigos de mis papás, mis amigos, mis lugares de fin de semana, todos ellos estaban conectados de una u otra manera, con más o menos intensidad, pero conectados al fin con los caballos.

Siempre les tuve respeto y me caractericé por ser la más miedosa de mis compañeros de clase de equitación y la que más se encorvaba arriba de una montura, todavía recuerdo los gritos de mi papá ¡cuerpo atrás! ¡Talones abajo! Frases repetidas que sonaban en mi cabeza todas las noches antes de dormirme.
Yo no sabía si realmente lo hacía porque me gustaba, o porque les gustaba a los demás. Hasta que tuve la posibilidad de cruzarme con ella, La India.

24 de Diciembre del 2002, hace 11 años. Navidad en la quinta de mis abuelos, la mejor noche del año, la que esperaba 365 días a que llegue y la que no podía aguantar a las 12hs para que mi Tío Adolfo se disfrace de papá Noel y entre en la quinta en sulqui, cada año con más expectativas. Y por supuesto, a esa edad, en lo único que pensaba era en la bolsa llena de regalos que traía papá Noel, o mi tío Adolfo, es lo mismo.
Cuando llegó la hora mis primos empezaron a recibir los regalos y yo me tuve que conformar con un sobre. Adentro, una carta que decía:

“Querida amiga: No lo podía creer cuando hoy por la tarde vino a visitarme Santa Claus. Se encargó de hacer todos los arreglos para que desde esta navidad seas mi dueña. Fue una gran alegría para mí pensar todo lo que nos divertimos y hacemos juntas. Aunque a veces mi torpeza hace que voltee alguna valla pero vos siempre me alentás y me regalás una caricia. Soy muy feliz que me digas galopando, saltando y cuidando. India. –tráeme zanahorias“

Al leerla, automáticamente empecé a llorar, pero la leí rápido y no logré entender que el regalo para esa navidad era que a partir de ese momento, LA INDIA era mía. Solo lloraba por el hecho de recibir una carta de “ella”. Me emocionaba. Mi mamá me pregunto –entendiste?- le respondí –si, una carta de La India- (entre lagrimas) y ahí me aclararon que me la estaban regalando. Se me llenó el alma de alegría y no aguantaba a que termine la cena de Navidad para que me lleven a verla, esa misma noche yo quería dormir con ella dentro del box. 
Es difícil de explicar, pero yo realmente la consideraba mi amiga, le hablaba, me escuchaba, me sonreía, me quería, y hasta me enojaba cuando ella tenía actitudes raras para conmigo, de castigo no la iba a ver, hasta que no aguantaba más e iba corriendo a pedirle perdón. A veces me perdonaba ella a mí, otras veces la perdonaba yo a ella. 
Junto a ella viví las mejores experiencias de mi vida, me sacó los miedos y aunque a veces sentía desgano de despertarme a las 7 de la mañana un sábado para ir a concursar, después me lo retribuía con sonrisas cuando terminaba el concurso y pedía por favor hacer una prueba más.
Llegó el día en que mi papá me planteó una sabia propuesta: “La India está vieja, querés que la hagamos tener cría o la queres seguir saltando?” Los tiempos eran otros, y en la etapa de la vida en la que me encontraba había cosas que me divertían más que los concursos, quería ir a las fiestas de 15 de mis amigas y eso no era compatible con los despertarme a las 7 de la mañana para ir a concursar. Opté por hacerla tener cría.

Sabía que ella estaba vieja por la edad, pero no demostraba estar mal por eso. Sabía que no estaba triste por envejecer o estar cercana a la muerte. Los animales tienen instinto de supervivencia pero lo que no tienen es un sentimiento de mortalidad y de vanidad. Por eso están incontablemente más presentes que los humanos.
Pero también sabía que se está acercando al momento en el que dejará de ser una yegua para, en vez de eso, convertirse en parte de todo. Estará en el viento, en la tierra, y en mí allá donde yo vaya.


 Cuando nació Indira a La India le agarró un cólico y no la pudimos salvar. Mi papá intentó ocultármelo unos días hasta que, comiendo en un restaurante, una de las tantas veces que le pregunté cómo estaba La India, me contestó que se había muerto y antes de que yo diga nada mi papá me empezó a consolar. No lloré porque sabía que era lo peor que podía hacerle a mi papá en ese momento. Asique respiré profundo, conté hasta diez, y seguí comiendo.
Cuando llegué a mi casa, ya en mi cama a punto de dormir empecé a descargar esas lágrimas acumuladas y de vez en cuando, por la noche, repetía la sesión de llanto, haciendo preocupar a mi hermana que dormía conmigo.
Los años pasaron pero esa sensación de angustia renace cada vez que me veo en una foto con La India. Escribiendo esto, no puedo evitar secarme las lágrimas.

Siempre va a ser mi primer y mejor amiga, mi mamá, mi hija, la relación más constante que tuve en mi niñez, y la que me enseñó lo que es el amor. 

miércoles, 3 de julio de 2013

La sudaca y el parisino

Si no la conocés apostás un millón de dólares a que algún jugador en la cancha le está faltando. Pero yo, conociéndola, te puedo afirmar que no está loca, ESTÁ ENAMORADA.

Enamorada de verdad, enamorada de esas que se les cae la baba cuando hablan de él o muestran una foto, enamoradas de las que se pasan horas en Skype, enamorada de las que viven el horario europeo estando en latinoamérica, enamorada al punto de mantener una relación a 11.063km equivalentes a quince horas y media  de vuelo al taco desde Ezeiza a Charles de Gaulle sin contar el tiempo que te hacen perder en migraciones y aduana.

El no habla español, ella intenta un francés desganado. Ella un excelente inglés, el un pésimo franglés, que de lo único que le va a servir en su vida es para poder comunicarse con ella.

El choque de culturas (no tan diferentes, pero diferentes al fin) es lo que de vez en cuando los obliga a discutir como para romper un poco con la rutina de extrañarse sin parar y sin solución.

El, un finísimo parisino rubio con chupines y ojos claros.
Ella, una finísima sudaca morocha y con zapatos con tachas.

A punto de iniciar su proyecto de vida, ella planea dejar todo en Argentina y volar en busca del amor y la paz de tener a la persona que ama a su lado todos los días, no deja de pensar lo feliz que va a ser al despertarse todos los días al lado de el. 
Deja todo en la ciudad por ir a conquistar la enorme Francia repartiendo besos es todas las esquinas.

Mis mejores deseos de éxitos a mi amiga desde jardín, a la que voy a extrañar muchísimo pero no voy a dejar de aplaudirla nunca. 

lunes, 1 de julio de 2013

Accidentes domésticos como caerse de la cama… Muy boluda.

Una gran diferencia que existe entre mi novio y yo, es que el no tiene problema en despertarse y salir de la cama, muy a lo contrario a mí, que tengo serios inconvenientes en abrir los ojos, darme cuenta que estoy despierta, prepararme psicológicamente para entender que tengo que salir de mi casa, encontrar el control remoto disperso entre las sábanas, prender la tele (solamente para saber cuantos grados están haciendo  en ese momento), pensar en que sería adecuado ponerme según el clima, destaparme (sufrir), ir al baño, prender la ducha, esperar a que esté más caliente que fría, ducharme, cambiarme, quedarme un rato mirando la heladera hasta aceptar que “hoy no desayuno” y salir.

Otra diferencia entre mi novio y yo es que él entra a trabajar a las 8am (y es puntual). En cambio yo, entro a las 9hs….9:30hs….10hs…. es decir, cuando me sienta apta para entrar a la oficina sabiendo que hasta las 18hs no salgo de ahí adentro.

Entonces claro, el se despierta a las 7 AAAAMMMMM, y 9 minutos después ya está manejando para zona norte, mientras yo sigo durmiendo, por supuesto. El sabe que me cuesta todo lo que tenga que ver con la mañana, asique tipo 8hs me llama para despertarme, mi celular suena en una distancia que solo me exige estirar el brazo porque está arriba de la mesita de luz. (Las alarmas fueron siempre al pedo, no me cuesta nada posponerla y seguir durmiendo…. Y volver a hacerlo 10 veces más)

Hoy fue distinto, mi celular estaba en silencioso y mi novio me llamó al teléfono de línea.
Vivo sola y en un dos ambientes, por ende un inalámbrico es totalmente exagerado, tengo un teléfono con un sticker de Los Beatles que me regaló una amiga, pero no fue un regalo 0km, fue un regalo de esos “no lo uso, agárralo” (mínimo 6 años de uso).

 Cuando el teléfono de línea empieza a sonar me despierto automáticamente de malhumor y pensando “es necesario hacerme parar si tengo el celular al lado?” Rápido me di cuenta que estaba en silencioso y me dio ternura imaginarme a mi novio buscando recursos para despertarme a la distancia. 

Intento salir de la cama cuando no sé. Exactamente eso, no sé que carajo me pasó.
 Mis piernas no tenían fuerzas y recordé a mi tía diciéndome “patitas de tero”. (Es el momento en que tienen que empezar a imaginarse lo que les voy a contar en cámara lenta), primero salió mi cabeza de la cama, no mis pies. Me fui de boca al piso mientras pensaba “que palo que me estoy dando” queriéndome salvar de la catástrofe intento mover las piernas (y probando a ver si funcionaban) pero me acordé un poquito tarde y mi pie derecho solo sirvió para tirar el velador a la mierda y cortarme el tobillo con la punta mesita de luz.
Ya en el piso, medio mareada, y sin mucho tiempo para pensar en la buena caída que tuve me paro (el teléfono seguía sonando).
Al llegar a la puerta de mi cuarto me encuentro con una sorpresa. Estaba repitiendo el mismo movimiento sin querer llegar al fin que buscaba: abrirla. Estiraba mi brazo derecho y no llegaba al picaporte, no lo podía agarrar, se movía el hijo de puta. Me cansé de intentar y abrí con el izquierdo.
Atendí. Hola amor, ya estoy despierta, me caí de la cama y no podría hacer que mi mano abra el picaporte, gracias por despertarme, te amo, un besito.
La pregunta es… Dá empezar un Miércoles así?

Nunca tendría que haber salido de esa cama, mañana desenchufo el fijo de una.