Nací
casi arriba de un caballo, de chica, todo mi entorno giraba alrededor de este
animal que tanto me llamaba la atención. Mis papás, abuelos, tíos, primos,
amigos de mis papás, mis amigos, mis lugares de fin de semana, todos ellos
estaban conectados de una u otra manera, con más o menos intensidad, pero
conectados al fin con los caballos.
Siempre les tuve respeto y me caractericé por ser la más miedosa de mis compañeros de clase de equitación y la que más se encorvaba arriba de una montura, todavía recuerdo los gritos de mi papá ¡cuerpo atrás! ¡Talones abajo! Frases repetidas que sonaban en mi cabeza todas las noches antes de dormirme.
Siempre les tuve respeto y me caractericé por ser la más miedosa de mis compañeros de clase de equitación y la que más se encorvaba arriba de una montura, todavía recuerdo los gritos de mi papá ¡cuerpo atrás! ¡Talones abajo! Frases repetidas que sonaban en mi cabeza todas las noches antes de dormirme.
Yo no sabía si realmente lo hacía porque me
gustaba, o porque les gustaba a los demás. Hasta que tuve la posibilidad de
cruzarme con ella, La India.
24 de Diciembre del 2002, hace 11 años.
Navidad en la quinta de mis abuelos, la mejor noche del año, la que esperaba
365 días a que llegue y la que no podía aguantar a las 12hs para que mi Tío Adolfo
se disfrace de papá Noel y entre en la quinta en sulqui, cada año con más
expectativas. Y por supuesto, a esa edad, en lo único que pensaba era en la
bolsa llena de regalos que traía papá Noel, o mi tío Adolfo, es lo mismo.
Cuando
llegó la hora mis primos empezaron a recibir los regalos y yo me tuve que
conformar con un sobre. Adentro, una carta que decía:
“Querida amiga: No lo podía creer cuando hoy
por la tarde vino a visitarme Santa Claus. Se encargó de hacer todos los arreglos
para que desde esta navidad seas mi dueña. Fue una gran alegría para mí pensar
todo lo que nos divertimos y hacemos juntas. Aunque a veces mi torpeza hace que
voltee alguna valla pero vos siempre me alentás y me regalás una caricia. Soy
muy feliz que me digas galopando, saltando y cuidando. India. –tráeme
zanahorias“
Al leerla, automáticamente empecé a llorar,
pero la leí rápido y no logré entender que el regalo para esa navidad era que a
partir de ese momento, LA INDIA era mía. Solo lloraba por el hecho de recibir
una carta de “ella”. Me emocionaba. Mi mamá me pregunto –entendiste?- le
respondí –si, una carta de La India- (entre lagrimas) y ahí me aclararon que me
la estaban regalando. Se me llenó el alma de alegría y no aguantaba a que
termine la cena de Navidad para que me lleven a verla, esa misma noche yo
quería dormir con ella dentro del box.
Es difícil de explicar, pero yo realmente la consideraba mi amiga, le hablaba,
me escuchaba, me sonreía, me quería, y hasta me enojaba cuando ella tenía actitudes
raras para conmigo, de castigo no la iba a ver, hasta que no aguantaba más e
iba corriendo a pedirle perdón. A veces me perdonaba ella a mí, otras veces la
perdonaba yo a ella.
Junto a ella viví las mejores experiencias de
mi vida, me sacó los miedos y aunque a veces sentía desgano de despertarme a
las 7 de la mañana un sábado para ir a concursar, después me lo retribuía con
sonrisas cuando terminaba el concurso y pedía por favor hacer una prueba más.
Llegó el día en que mi papá me planteó una
sabia propuesta: “La India está vieja, querés que la hagamos tener cría o la
queres seguir saltando?” Los tiempos eran otros, y en la etapa de la vida en la
que me encontraba había cosas que me divertían más que los concursos, quería ir
a las fiestas de 15 de mis amigas y eso no era compatible con los despertarme a
las 7 de la mañana para ir a concursar. Opté por hacerla tener cría.
Pero también sabía que se está acercando al momento en el que dejará de ser una yegua para, en vez de eso, convertirse en parte de todo. Estará en el viento, en la tierra, y en mí allá donde yo vaya.
Cuando
nació Indira a La India le agarró un cólico y no la pudimos salvar. Mi papá
intentó ocultármelo unos días hasta que, comiendo en un restaurante, una de las
tantas veces que le pregunté cómo estaba La India, me contestó que se había
muerto y antes de que yo diga nada mi papá me empezó a consolar. No lloré
porque sabía que era lo peor que podía hacerle a mi papá en ese momento. Asique
respiré profundo, conté hasta diez, y seguí comiendo.
Cuando llegué a mi casa, ya en mi cama a punto de dormir empecé a descargar esas lágrimas acumuladas y de vez en cuando, por la noche, repetía la sesión de llanto, haciendo preocupar a mi hermana que dormía conmigo.
Cuando llegué a mi casa, ya en mi cama a punto de dormir empecé a descargar esas lágrimas acumuladas y de vez en cuando, por la noche, repetía la sesión de llanto, haciendo preocupar a mi hermana que dormía conmigo.
Los años pasaron pero esa sensación de
angustia renace cada vez que me veo en una foto con La India. Escribiendo esto,
no puedo evitar secarme las lágrimas.
Siempre va a ser mi primer y mejor amiga, mi
mamá, mi hija, la relación más constante que tuve en mi niñez, y la que me
enseñó lo que es el amor.

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